Mi primer libro venía fraguándose desde hace varios años. Una historia de dos protagonistas con vidas muy diferentes y un argumento complejo. Con esas cosillas que hacen que un libro sea solo para adultos, aunque cualquier adolescente sepa a estas alturas más que nosotros sobre ciertos temas.
El caso es que mis hijos menores de edad, que los tengo, me hicieron replantear la situación. Fue algo así como, «papá, ¿estás escribiendo un libro que no podemos leer nosotros?». Eso, dicho con cara de pena y en una situación en la que me era imposible abordar la fase final de aquel libro que ya tenía muy avanzado, me llevó a tener una genial idea… Y es que donde cabe un libro, caben dos.



Así que me puse manos a la obra. Dejé colgada la ópera prima que tan primorosamente había escrito durante mucho tiempo y, «olé yo», me puse a escribir un libro que pudieran leer mis vástagos. Y en ello estamos. Ahora, el problema es que ellos leen mucho más rápido de lo que yo escribo. Así que siento su aliento en mi cogote, pidiendo más y más capítulos que devorar.
Pero, ¿qué puede haber mejor que el hecho de que los culpables de que escriba el libro estén ansiosos por leerlo?

Deja un comentario